“Los invisibles” de Nancy Debs Ramos

***Este cuento fue el ganador del Premio Saldaña, Carvajal & Vélez-Rivé en el Certamen de Cuento Histórico de la Cofradía de Escritores 2014.

Los invisibles

“Este es el mundo visible, pero no es el único mundo”.

Eduardo Lalo

Dicen que en el infierno todos somos iguales, pero en los campos de concentración nazis cada uno tenía su rango, y el de los homosexuales siempre fue el de menor categoría.

Recuerdo la tarde que nos conocimos Fred y yo, tan distinta a la de nuestra última despedida. Las nubes parecían haber desertado el cielo de Berlín. En el bar Eldorado, todo era música y algarabía. Los tabacos, salpicados con una pizca de vainilla, le impartían el aroma al salón. Lo vi pasar y me fijé en sus ojos, tan índigos como los míos. Alguien, no recuerdo quién, lo sacó a bailar. Tocaba jazz la orquesta de Gabriel Formiggini. Mientras Fred bailaba no dejaba de mirarme. Entre bocanadas de humo, lo observaba girar los pies al ritmo penetrante de la música. Levantaba la vista de mi trago y lo sorprendía escudriñándome desde lejos. Ninguno de los dos supo describir la razón por la que sucumbimos a esa agonía que implica el amor prohibido cuando hay aires de guerra.

Meses después de aquel primer encuentro, cerraron Eldorado y todos los bares que solíamos frecuentar. En las calles era imposible tomarnos las manos. Nos arriesgábamos a ser culpados de infringir el párrafo 175 del código penal. Muchos terminaban en las cárceles simplemente porque alguien los acusaba de ser homosexuales.

Una mañana, varios soldados de la Gestapo se llevaron a Fred mientras yo estudiaba en la universidad. Jamás regresó a la casa. Presumí que alguno de sus antiguos amantes lo había delatado por rabia o por miedo. Yo no lo hubiese hecho, aunque me desmembraran vivo, como sabía que él tampoco me delataría a mí.

Busqué a Fred durante varios meses sin poder averiguar a dónde lo habían llevado, pero un día tocaron a mi puerta y un soldado de la SS me condujo hasta la estación de policía.

–¿Sabes por qué te detuvimos? –dijo el sargento de la estación sin mirarme.

–No –respondí.

–Porque has cometido actos abominables con otros hombres.

–¡No! –respondí de nuevo más enfático.

–¿Eres tú en la foto? –me dijo mostrándome una fotografía que le había dedicado a Fred, en la que ambos aparecíamos abrazados. Imaginé que la habrían encontrado entre sus pertenencias.

Me encerraron en la cárcel de Luebeck. Allí me torturaron junto a otros compañeros del penal. Cada día, al menos uno de nosotros, era retirado del grupo y devuelto en las tardes con marcas de golpes en la espalda o la cara. En ocasiones nos acercaban un fósforo encendido a los vellos del escroto mientras teníamos las manos amarradas. Les gustaba vernos brincar de dolor. A veces nos obligaban a tener relaciones en grupo frente a ellos, como una gran orgía circense. Un día me ofrecieron sacarme de la cárcel si accedía a ser castrado. Me sometí a la operación. Pensaba que eso me libraría de por vida del presidio y entonces podría dedicarme a buscar a Fred; pero años después me arrestaron por anarquista y esa vez me enviaron al kazet, como le llamaban a los campos de concentración, de Flossenbürg.

Allí segregaban a los homosexuales en barracas separadas y eran muchos, pero yo no pertenecía a ese grupo porque al estar castrado los nazis me consideraban “curado”. Como el gobierno de Hitler siempre destacaba en los uniformes una insignia que revelaba la razón por la que los presos estaban allí, a los que acusaban de infringir el párrafo 175 les ponían un triángulo rosado con la punta hacia abajo sobre el número de recluso. Mi triángulo era negro. Delataba la condición de renegado. A los encargados de asegurar la obediencia y disciplina de los reclusos les llamaban kapos. Eran criminales habituales que llevaban muchos años en la cárcel; en general, eran abusadores y exigentes con los confinados. El triángulo de ellos era verde; estaban por encima de todos nosotros.

La primera vez que lo vi en Flossenbürg fue en la oficina de recibimiento, donde Fred estaba asignado a trabajar. Con la emoción de la sorpresa, tuvimos que contener las ganas inmensas de abrazarnos. Su cara de niño era la misma, a pesar de haber transcurrido casi siete años, pero los ojos revelaban una agonía de ancianidad. En ese momento no pudimos hablar mucho, solo me dijo que nunca trató de comunicarse conmigo por temor a involucrarme. Yo le dije que el tiempo que estuve libre lo dediqué a buscarlo. Poco después logramos vernos; entonces me pudo contar su experiencia:

“Al llegar al kazet me hicieron desnudar junto con otros cinco muchachos. Nos preguntaron bajo qué cargos estábamos allí. Tuvimos que describir con detalles lo que habíamos hecho y cómo. Nos raparon la cabeza, el cuerpo y el vello púbico. Entonces recibimos patadas, bofetones y puños. Los guardias nos llamaron patos, maricones, y pronunciaron todos los epítetos que nos relegaban al nivel subhumano como la más baja escoria de la sociedad. Luego llegaron varios kapos que nos observaron de cerca, mientras nos hacían girar desprovistos de toda ropa. La sensación que más semejaba esa escena, era ser vendido como esclavo en un mercado romano. Uno de los kapos, el de mayor jerarquía, me dijo que lo siguiera para mostrarme la cama. Desde ese día, no lo sabía entonces, me convertiría en el juguete sexual de Gregor. En el primer encuentro me obligó a poner las rodillas y las palmas de las manos sobre el piso, me amarró las extremidades a cuatro maderos, y tomó una vara gruesa, como de quince pulgadas de largo, que me introdujo en el ano sin ningún lubricante. La sangre corrió por la parte trasera de mis muslos y la entrepierna. El dolor y la hemorragia fueron tan intensos que terminé en la enfermería. Sabía que eso era un aviso del dominio que Gregor tendría sobre mí. Aprendí que la violación no tiene que ver con sexo, sino con el poder. A cambio del ultraje continuo, fui colocado en trabajos de oficina. También recibí mayores raciones de comida, mejores tratos…

Los kapos desean mantener a sus esclavos saludables. Otros triángulos rosados, la mayoría, son enviados a los trabajos fuertes en minas. También los someten a experimentos con inyecciones y les aplican electrochoques con la intención de corregir su sexualidad. Muchos sucumben debido a los atropellos, la pobre alimentación y la faena rigurosa. Veo a los compañeros de barraca morir casi a diario. Mi cuerpo está fuerte, pero mi espíritu está quebrado”.

Lo vi llorar por primera vez. Quise echarle los brazos, apretarlo, decirle que nunca lo había dejado de amar, pero no pude. Nos vigilaban de cerca, aunque Gregor era el que había dado permiso para que habláramos, porque creyó la historia de que éramos familia. Fred estaba encorvado a mi lado, con la palidez que produce una vida de tormentos. ¿Cómo se soporta por tantos años la humillación, el abuso, el despojo de todo lo que se ha sido y tenido? ¿Qué capa de barniz tan fina cubre nuestra civilización que puede despintarse así de fácil?

Nos vimos dos o tres veces más. En el invierno de ese año, hacia el final de la guerra, trasladaron a Gregor a otra prisión. Fred perdió toda protección y comenzó a adelgazar. Le propinaban palizas y lo habían enviado a trabajar en las minas. Una noche, mientras las ventanas de las barracas estaban llenas de nieve, revisaron a los presos de los pabellones de homosexuales. Los obligaban a dormir solo con una camiseta, sin ropa interior, y con las manos fuera de la sábana para asegurar que no se masturbaran. Fred vestía un calzoncillo que le había conseguido otro preso; lo sacaron desnudo al patio, le derramaron varios cubos de agua helada en la espalda y lo dejaron a la intemperie el resto de la noche. Luego de esa fecha enfermó de bronquitis, que más tarde progresó a pulmonía. Cada día que pasaba, se debilitaba más y parecía un manojo de huesos. Lo trasladaron a la barraca de los enfermos. Estaba al tanto de él porque un compañero de litera trabajaba en la enfermería.

Una mañana se regó en el campamento, a través de los protegidos de los kapos, que al día siguiente nos harían marchar hacia Dachau. Sabía que eso significaba que nos volverían a separar; en esta ocasión para siempre. Logré acceso a la enfermería a través de mi amigo, porque con la ansiedad que había en el campamento los guardias se reunían a menudo entre ellos y no nos prestaban mucha atención. Fred yacía acostado de lado en el primer piso de la litera, mirando hacia la pared. Me acomodé también de lado en el incómodo colchón de paja. Levanté su camisa y me quité la mía. Tracé con los dedos suavemente los bordes de las escápulas que brotaban de su espalda como alas de mariposa. Me pegué despacio a su cuerpo.

–Déjame tenerte así por unos instantes –le dije–. Esta será la última vez que nos veamos.

Fred dejó escapar un gemido angustioso. Estaba tan lacerado y frágil que el mínimo movimiento le producía un dolor agudo.

–Quiero que tu espalda huela a mi pecho y que mi pecho se impregne con el olor de tu espalda –susurré.

–No me dejes solo –dijo en un murmullo.

Me quedé un rato largo pegado a él. Sentía su respiración forzada, a un ritmo irregular. A pesar de que no hacía calor, las gotas de su sudor se adherían a mi cuerpo. Estiré el brazo izquierdo y tomé mi camisa que estaba en la cama e hice un bulto con ella. La pegué a su boca y a la nariz desde atrás. No opuso resistencia. Parecía que Fred esperaba aquello de mí; el último acto de amor. Lo sentí aflojar los músculos, abandonarse a mi abrazo. Movió la cabeza con una leve inclinación hacia abajo y luego hacia arriba, asintiendo dos veces. Apreté con todas mis fuerzas. Sentí la figura menuda estremecerse frente a mí. La falta de oxígeno provocó que Fred, aunque no quisiera, se agitara mientras mis manos apretaban su cara. Después llegó la quietud. Aguanté un rato más hasta asegurarme de que el corazón no latía. Solté la camisa. Rasgué la tela de su uniforme con los dedos y los dientes, lleno de furia. Era como si el espíritu de un animal salvaje se hubiese apoderado de mí. Arranqué el triángulo rosado junto al número de preso que todavía conservo. Me así a su cuerpo inerte y lloré.

Al día siguiente, como avisaron los kapos, nos obligaron a emprender la marcha de la muerte. Los enfermos, los más débiles que no soportarían caminar por varios días, quedaron solos, abandonados al azar en el campo de concentración. Muchos murieron de inanición antes de que llegaran las tropas aliadas.

Cuando terminó la guerra, a la mayoría de los sobrevivientes de los kazets se les pagó una suma de dinero como recompensa por los sufrimientos pasados; a los homosexuales, no. Tardamos en reajustarnos a la sociedad porque nuestros amigos ya no estaban o habían muerto. Las familias no quisieron relacionarse con nosotros; éramos una deshonra para ellos. Los aliados tampoco nos acogieron, porque tenían los mismos prejuicios. Incluso, hicieron a algunos cumplir más tiempo en las cárceles, al determinar que no habían extinguido su condena. Aunque ya no se exhibían los triángulos rosados, continuábamos con el estigma.

Ahora, en las postrimerías de la vida, he visitado varios museos del holocausto. No hay mucha información sobre nosotros. En los que existe alguna, nos llaman por el primer nombre y la inicial del apellido; dicen que para proteger nuestra identidad. Fred aparece en las listas como Alfred G. y yo como Robert C., sin muchos datos que describan nuestra historia. Para dejar de ser invisibles, nunca fue suficiente haber vivido en el último escalafón del infierno.

Nancy Debs Ramos

Nancy Debs Ramos vive en San Juan. Es graduada de Bachillerato en Ciencias con concentración en Biología de la UPR en Río Piedras. Trabaja como corredora en su compañía de bienes raíces y ha escrito columnas sobre este tema en los periódicos El Vocero y El Nuevo Día. Actualmente se encuentra en el proceso de escritura de una novela como tesis para recibir el grado de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Sus poemas han aparecido en diversas antologías, la más reciente de ellas Fronteras de lo imposible, de Casa de los Poetas, de quien recibió el segundo premio compartido en el 3er Certamen de Poesía 2014. Dos de sus cuentos fueron publicados en las revistas literarias, Inopia y Trapecio. Recibió una mención por “El proveedor” en el Primer Certamen Minicuento de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico, categoría estudiante.

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Feligreses electrónicos

Por: Mayra Bermúdez

Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos (Isaías 1:15).

 

Hace un mes que los dueños de las súper tiendas y los propietarios de pequeños negocios claman por abundancia. Llevan una desesperada guerra de promociones. Los consumidores los ven como a David y Goliat, pero en este caso divisan al gigante sentado en el trono.

La contaminación de anuncios por radio, televisión y periódico tiene a la población asfixiada. Cientos de páginas a colores inundan las revistas que mágicamente iluminan de codicia a miles de millones de ojos humanos. Los carteles de las vitrinas cubren puertas y ventanas. Los comerciantes más audaces alquilan avionetas que sobrevuelan la ciudad durante la hora pico para anunciar con rótulos inmensos la hora de apertura del famoso viernes de descuentos increíbles. Esta venta especial promete ser beneficiosa para el bolsillo del consumidor. El engaño va a ser multado, repite el secretario de comercio en rueda de prensa. Pide orden y respeto entre los ciudadanos. No es necesario hacer filas largas, dice, hay artículos para todos.

Diego y su madre, María, llevan un día y medio en la fila frente al súper establecimiento de equipos electrónicos, que al igual que otros, también ofrece infinidad de ahorros. Hacen el número seis en la línea que comienza a darle la vuelta al centro comercial más grande de la metrópoli. Al fondo, un eco interminable de bocinazos acompaña al tráfico de las cinco de la tarde. Anonadados, miran el gentío que entra y sale de la gran tienda. Desde sus sillas de playa con una sombrilla multicolor integrada se cuidan de no guardar distancia entre el joven al frente (vestido de negro con una docena de aros repartidos entre las orejas, cejas, labios y nariz); y la pareja de mujeres universitarias que resguardan la séptima posición. Parecen mudas. Desde que se instalaron, se han comunicado solo por mensajes de texto y hasta se ríen sincronizadas, como Twiddi Dim y Twiddi Dum, los gemelos del país de Alicia.

Cualquier espacio en el que quepa un cuerpo humano significa la posible pérdida del preciado turno. Son enemigos unidos por un propósito a corto plazo. La gente pega las sillas plegadizas a la pared del edificio de tres niveles formando una cadena desigual. Mujeres y hombres recuestan sus pies sobre las neveras portátiles abastecidas de soda, cerveza y agua. Es como acampar entre ceibas de cemento y cal, dice alguien a un reportero. Desde el techo del edificio y casi tocando sus cabezas, sobresale una pancarta de un mar de sábanas que desde el mismísimo cielo San Pedro pudiese leer: “Súper Especiales del Viernes Negro”. La mayoría juegan con sus celulares, y el resto, observa la caravana de personas que continúan entrando y saliendo. Desde el primero en la fila hasta el constante penúltimo vigilan sus puestos cautelosos. Entre miradas sobresale la codicia. Todos se sienten miembros del senado capitalista en espera de la asamblea extraordinaria.

Faltan doce horas para la gran venta. Cada vez que María se levanta de la silla, Diego la mira malhumorado. ¿Cuándo saldré de aquí?, se repite irritada. Es indiscutible que en este ambiente selvático alguien debe guardar el turno y el otro comprar los alimentos. Ansiosa, sale hacia el estacionamiento a fumar entre los autos. Luego va al baño de cualquier local para contar el dinero que le prestaron. Quiere asegurarse de tener lo suficiente para el celular de Diego. Con el marido en la cárcel y sin trabajo, solo depende de la ayuda del gobierno y de la iglesia. Y mi hijo necesita un celular, se repite.

Diego, recién graduado de secundaria, perdió la oportunidad de entrar a la universidad por no haber llenado la beca a tiempo. Los juegos electrónicos ocupan toda su vida. La falta de un carro y la diabetes son su excusa para no querer salir de la casa. María le compra las camisetas triple equis y cada semana le remienda la cintura de los pantalones con retazos de otro. Es difícil conseguir ropa para él, dice preocupada a los niños que lo miran con pena.

María regresa a la fila con ambos brazos llenos de bolsas con alimentos para su hijo: batida, hamburguesas, papas fritas, donas y galletas. Los demás los miran con el rabo del ojo. Cuando Diego termina de comer, la madre quiere cambiarle la camisa que lleva puesta desde hace dos días, pero él le grita que no, porque allí nadie se ha duchado. Además, añade, podemos perder el turno en un descuido. A María le tiemblan las manos, da media vuelta y se aleja de nuevo a fumar. Le preocupa cómo hará para navegar entre la multitud y conseguir el celular que quiere Diego, el Galaxy. Por otro lado, los vecinos de los turnos cercanos a Diego resuelven la hediondez con pañuelos y camisetas alrededor de sus cabezas. Parecen beduinos en medio de una tormenta de arena.

Son las dos de la mañana del viernes. La manada de gente descansa. Diego duerme y María vigila. Algunos dormitan con un ojo abierto y el otro a medias; el resto, combate el sueño con los juegos del celular. En tres horas comienza el gran clamor por la economía.

Desde la autopista se ven millares de luces de los vehículos que se aproximan al centro comercial. Deben ser los padres y madres de los niños que a cuestas culminarán sus sueños en medio del estacionamiento.

A las cuatro y media de la mañana suena una variedad de alarmas musicales. María se estremece y despierta a Diego. Le ofrece una chocolatina con cinco donas. Él se las come en menos de un minuto y con la boca llena, le ordena que cierre la sombrilla y lo ayude a levantarse. Ella lo agarra por las axilas y se echa hacia atrás. Ambos cuerpos dan tumbos de un lado a otro; mientras sus vecinos, hartos por tan larga convivencia, hacen ademanes despectivos. Al fin la silla se pudo liberar, pensaron los burlones que ríen por lo bajo.

Es casi la hora. Una inmensa masa humana está parada en espera. Una mujer logra ver al empleado que se acerca y busca la llave metálica que abrirá las compuertas de doble vidrio.

-¡Ya van a abrir! -gritan uno al frente y la voz se riega hacia atrás.

Todos alargan los cuellos para lograr ver mejor y se van juntando hacia adelante. Cuando el hombre intenta abrir, una ola de empujones proveniente del fondo, llega violenta hacia al frente y rompe el orden de la fila. Entonces el último que llega quiere ser el primero. Como los demás, Diego y María esperan apretados por la liberación.

-Galaxy, Galaxy, Galaxy -repiten los dos como en letanía.

-¡No empujen! -gritan los primeros.

-¡Qué bestias! -claman los de atrás a los que acaban de llegar y ansían entrar sin esperar.

Son las cinco. Hombres y mujeres se unen en un solo clamor. Algunos extienden los brazos y ruegan para ser escuchados. Otros, con ojos temerosos, se aferran a su pareja. Los padres cargan a los hijos al hombro y las esposas gritan por piedad. El gentío se vuelve un solo cuerpo. Diego se aferra a su madre, como María a la cruz. Ella, en sacrificio, mira al cielo en busca de aire, pero se hunde sin fe a los feligreses que la llevan a rastras. Los pulmones le colapsan; hasta su espíritu quedó atrapado entre el espacio restringido.

Al fin los vidrios de la puerta detonan, como la explosión de una estrella. El empleado queda ensangrentado en una esquina, y en la otra, yace el cuerpo sin vida de una madre.

-Mami, ¿dónde estás?, ¿por qué me has abandonado? -grita Diego mientras es arrastrado por la manada humana.

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Mayra Barmúdez

Mayra M. Bermúdez nació en San Juan, Puerto Rico y estudió administración de empresas en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Estudia la maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en San Juan, Puerto Rico. En el 2012 fue tesorera de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico y es miembro del Taller Literario Clandestino.

La casa en que vivo no tiene dirección

Por: Hugo Rodríguez Díaz

 

—La casa en que vivo no tiene dirección —contestó el imputado Ernesto Miranda, con voz respetuosa, pausada, pronunciando con claridad cada sílaba, mientras se encorvaba y alargaba el cuello hacia el frente para acercar su cara al micrófono del podio.

El gesto afirmaba el tono escogido. Si el podio, ubicado en el medio del salón de sesiones, no hubiera estado entre él y el juez, el ademán de Miranda habría parecido una reverencia. Podía oír el crujir de su estómago, que reclamaba el café que no había ingerido esa mañana. No se podía dar el lujo de llegar tarde a la cita en el Tribunal y por eso omitió el desayuno frugal al que se había acostumbrado, que consistía del aromático líquido. La ansiedad por evitar la tardanza no le permitió analizar que el colado del café solo le tomaría pocos minutos.

—Imposible. Toda casa tiene una dirección —le dijo el juez, mirándolo por encima de los espejuelos. Pensó aclararle que el micrófono, instalado para grabar los procesos y no para amplificar las voces, recogía bien sus palabras sin que tuviera que inclinarse hacia él, pero no lo hizo.

—La mía no tiene ninguna. Es un campo.

Esa mañana había caminado hasta la bifurcación de la carretera para esperar el carro público que lo llevó hasta el pueblo. Allí debía tomar otro transporte. Era tan temprano que el pavimento todavía estaba húmedo por el rocío. En una de las calles que rodeaban la plaza central había una fila de guaguas que trasladaban pasajeros hasta la ciudad. Todas tenían abiertas las puertas del lado derecho. Se montó en la primera de ellas y cuando estuvo llena, el chofer la cerró y partió. A Ernesto Miranda le tocó al lado de una de las ventanillas. Se sentó muy derecho y dejó un espacio entre su cuerpo y el próximo pasajero, para evitar que su camisa de mangas largas se estrujara.

—Dígame el barrio o sector en que usted vive.

El calendario del tribunal tenía veintidós asuntos, pero el magistrado no podía avanzar al próximo caso, porque para completar la Lectura de Acusación de este, tenía que hacer constar el domicilio del imputado.

—A aquello le dicen La Pangola.

—¿Cuál es la carretera para llegar a su casa? —el juez, que vestía una toga negra con brocados blancos en las bocamangas, comenzaba a impacientarse.

Miranda era un hombre de bagaje. Tenía preparación académica formal y había sido maestro de estudios sociales en la escuela rural. A los cincuenta y nueve años, y con dos exesposas a cuestas, tenía la perspicacia para salir airoso de cualquier situación. Nada, sin embargo, lo había preparado para esa experiencia forense. No pudo percibir los cambios de inflexión en la voz que lo interrogaba, quizás porque se sintió compelido a decir una verdad demasiado precisa. A pesar de que lo tenía que mirar hacia arriba debido a la posición elevada del estrado de caoba, el togado le pareció a Miranda un alumno a quien hay que repetirle la lección.

—Eso es lo que trato de explicarle, señor juez. No hay una carretera que pase por mi casa ―la voz comenzó a salir temblorosa, y solo entonces se dio cuenta del frío que hacía en el recinto.

—Tiene que haber una carretera cercana, una escuela, algún comercio, que le indique al Tribunal cómo llegar a usted, si fuera necesario —la idea de revocarle la fianza comenzó a rondar la cabeza del letrado.

—Bueno, sería la carretera 159.

Había un negocio cercano, el Neri’s Bar, pero no dio esa referencia por temor a causar mala impresión.

—¿Y el kilómetro?

—Ocho punto seis.

—¿Vio que toda residencia tiene una dirección? —con aire victorioso, el juez anotaba en el expediente los datos recién obtenidos.

—Pero la mía no —insistió Miranda—. En ese kilómetro empalma la carretera y ahí es que yo me bajo del carro público.

—En este tribunal todo el mundo tiene que informar una dirección —el magistrado daba golpecitos con su bolígrafo sobre el expediente.

—Cuando salgo de la carretera, entro en una vereda. Camino como ocho minutos, cruzo una pequeña quebrada y continúo como tres minutos más, hasta llegar a un mangó Columbus kidney. De ahí bajo una cuesta y llego a mi casa.

Iba a explicar que no era un árbol de mangó cualquiera, y aunque él no podía dar fe de que ese nombre científico que había escuchado desde que se mudó allí fuera el correcto, sí sabía que su fruta es más grande que los mangós comunes, es en forma de riñón y su color es rojizo cuando está madura. Pero la mirada que descendía del estrado lo paralizó.

—No se haga el listo. ¿Usted ve estas canas? No son de viejo, son de sabio. Así que no juegue conmigo, porque este tribunal tiene facultad para meterlo preso.

El acusado comenzó a sentir que las suyas sí eran de viejo en aquel lugar donde no encontraba las palabras para hacerse entender.

—Yo no estoy jugando, señor juez —ya no era únicamente la voz la que le temblaba, sino las rodillas y las manos, mientras buscaba auxilio con los ojos en cualquier otro funcionario de la corte.

La secretaria de sala, sentada en un escritorio más bajo que el estrado del juez, clavó sus ojos en la pantalla del computador. Para no sostener la mirada del imputado, el alguacil sacó un bolígrafo de su gabán de poliéster y comenzó a garabatear en su copia del calendario de asuntos del día. Un abogado que el Tribunal le había asignado para que lo representara de oficio, le murmuró al oído un consejo, que Ernesto Miranda no se atrevió a seguir: que complaciera al magistrado y le diera cualquier dirección física.

—Mire, señor Miranda, en mi corte todos los acusados tienen un número de caso, tienen un delito tipificado y tienen una dirección —el juez fue levantando la voz hasta que las últimas palabras salieron en un grito.

—Pero yo le estoy diciendo la verdad.

—No me interrumpa. El suyo es el caso 2010-G0424, su delito es Artículo 198(q). Solo nos falta la dirección.

—Le juro que la casa en que vivo no tiene dirección —dijo ya sin esperanzas.

Ni siquiera se detuvo a pensar que haber apostado a los caballos en la banca clandestina del Neri’s Bar era un artículo 198(q).

—Le voy a dar la última oportunidad.

—Es que la casa en que vivo no tie…

—Este tribunal le revoca la fianza —el juez no dio con el mallete en el estrado, solo hizo un gesto al alguacil—. Deberá ser ingresado hasta el día del juicio. Alguacil, hágase cargo del imputado. Secretaria, llame el próximo caso.

Mientras era conducido hacia la celda no podía oír el rugido de su estómago. Lo único que escuchaba era el eco que amplificaba dos pares de pisadas por el pasillo silencioso. El reo sintió que los pasos que acompañaban a los del alguacil eran los del 2010-G0424 y no los de Ernesto Miranda, el que desayunaba café, vivía en La Pangola, más allá del mangó Columbus kidney, llegaba temprano a sus citas y le gustaba probar suerte en el Neri’s Bar.

hugo

Foto Agustín Santiago EL VOCERO

 

Hugo Rodríguez Díaz

Nació en San Juan, Puerto Rico el 10 de junio de 1968. Se graduó de abogado a los veintidós años y desde entonces ejerce la profesión, mayormente en las áreas de litigio civil y penal. Tiene su propio bufete en Bayamón. Además de su formación en Ciencias Políticas y Derecho de la Universidad de Puerto Rico, completó cursos de maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Al presente escribe una novela que presentará como trabajo de tesis. Es columnista en  del periódico El Vocero y miembro del Panel de Ciudadanos de la Comisión de Ética del Senado de Puerto Rico.

 

El crimen de Las Renatas

Por:  Ricardo Martí

 Dicen que el Gran Museo Universal es el mejor del mundo; y hasta el mejor lugar existente, punto, dirían algunos. Yo nunca he ido, o sea que no sé, pero dicen que es tan hermoso que sería museo por sí solo, sin arte. Y tiene arte por montones, la colección más numerosa en récord, con cientos de miles de obras en tres millas y media de pasillos y salas amplias, repletos de cuadros casi como favelas con ejemplares de cada artista que pueda valer la pena imaginar, incluso ese que estás recordando ahora mismo. También tiene excelente estacionamiento, restaurantes de gran renombre y unas tienditas bien chulas, dicen.

 Me imagino, sin embargo, que todo eso es completamente insignificante si no te interesan estos temas, y así era Luigi. Inmune al arte, este pobre guardia barato sin ni siquiera palito pasaba sus días cada vez más fundido, rodeado de maravillas que le daban igual. Llevaba tanto tiempo ahí que ya ni importaba medirlo. Su consciencia había quedado difuminada, su diálogo interno infrecuente, su ser disminuido a ser, como si fuera un koala; o peor aún, como el eucalipto que un koala come.

 Pero eso vino a cambiar, porque resulta que El almuerzo de remeros de Renoir es mucho más que una pieza impresionista en óleo sobre lienzo pintada en Montmartre durante el 1881. Es, además, una maravillosa ventana a la sicología humana, y un simpático retrato que captura con gran astucia a la naturaleza caprichosa del amor inmaduro en una sola imagen, y a todo el absurdo enredo de pasiones que sufrimos por amores que son imposibles porque son amores y que son amores porque son imposibles. Todo esto está claramente plasmado en el cuadro. A primera vista, un grupo de jóvenes franceses comparte vino y comida en un ambiente jovial en el balcón de un restaurante frente al río Sena. Pero si examinas bien y escudriñas los detalles, notarás que están solitarios, y que aunque están todos juntos en un mismo sitio, nadie interactúa con nadie. Esto ocurre porque cada uno de ellos está interesado en alguien más que está interesado en otro, formando una cadena fascinante de menosprecio y añoro que sintetiza ese terrible dilema que todos hemos sufrido en la vida, por lo menos una vez. Admítelo. Y si investigas un poco más averiguas que la chica al final de la cadena, la única que no añora a nadie, la que juega con el perrito, era Arine Charigot, amante y futura esposa de Renoir, por lo cual la obra es, también, un tributo a su lealtad.

 Luigi jamás hubiera aprendido esto, ni tanto más, sin la encantadora asistencia de la eternamente hermosa Renata Duraldi, una chonchita y plana mujer con nariz chata, barbilla doble, problema de acné y un poquito de barba. Era la chica más bella conocida o por conocer. Luigi celebraba su llegada cada mañana, sus bodrogones aplaudiendo anunciaban su camino. Su piel pálida y negros densos vellos contrastaban en sus piernas, no siempre afeitadas. Su vestimenta de monja en día libre complementaban su pelo desatendido. Su redonda figura. Su arrugada expresión. La hacían lucir tan bella.

 Renata Duraldi entró a ser una de cientos de guías que trabajan para el Gran Museo Universal de Arte y Cultura, y lo fue por bastante tiempo. Tenía dos dientes frontales particularmente inmensos que la hacían lucir como un conejo maltrecho envejecido y despeinado, y que la obligaban a tener un frenillo muy marcado y muchas veces jocoso, causando su apodo: Dedada Dudadi.

 Cinco veces cada día, ella pasaba con su grupito de turistas por donde sea que Luigi estuviera haciendo guardia; y cada vez, pétalos de sabiduría se despedían de su boca con tal precisión, tanto entusiasmo y tanta ternura que hacían que Luigi cobrara vida, casi como estatua de Pigmalión, listo para vivir y adorar lo que tiene y lo que no tiene, y apreciar lo hermoso, indudablemente, y lo feo también, porque todo tiene historia, todo es interesante y en todo hay arte, aunque sea una loseta, no importa, aunque sea una bombilla, la ama, una lata mohosa, tremenda, cucarachas también, lo que quieras, en todo hay misterio, en todo hay estética y en todo hay drama, ¡pero qué bella es Renata!

 El proceso de profundo, intenso y poderoso enamoramiento de Luigi con la hermosa jamona Renata comenzó desde el primer día y no terminaría jamás. Ese total de cincuenta a setenta minutos fragmentados al día que Renata pasa hablando de arte frente a Luigi eran suficiente para hacerle feliz; y cada día le daba las gracias profundas y eternas, aunque nunca literalmente. Esto duraría por siempre, hasta que llegaron las Jeannes.

 En la sala 178 abrieron una serie innumerable de retratos y desnudos que hizo Modigliani de su esposa, Jeanne Hébuterne, durante su corta carrera. A Luigi le tocó trabajar esa sala, y ahí presenció algo en Renata que jamás hubiera esperado ver.  Ella entró un total de cinco veces ese día, como esperado, y en cada ocasión su charla era fascinante y milagrosa, como siempre; pero en la primera ronda soltó un largo suspiro justo al entrar, en la segunda lo hizo al entrar y al salir, en la tercera le temblaba su voz, en la cuarta se le escapó una lágrima y en la quinta se echó a llorar. Al próximo día, Renata pasó cinco veces por el lado de la sala apresurando el paso sin atreverse a entrar. Al siguiente, faltó por enfermedad. Al otro entregó su carta de renuncia, efectiva en dos semanas.

 Esa noche, Luigi pidió quedarse haciendo guardia en la 178, y usó la oportunidad para examinar cuadro por cuadro, trazo por trazo, a cada cuello alongado, cada nariz perfilada y cada sonrisa perfecta de todas las Jeannes. A primera vista son fabulosas. Cada Jeanne un paradigma: delicada sofisticación frágil y firme orgullosamente portada con excelente sentido de moda, cuello eterno y pelo impecable desde cualquier punto de vista, siempre entornada en ambiente idóneo de colores pastel que combinan muy bien con su tez, que la hacen lucir muy plácida, a gusto, irresistible, y lista.

Pero si examinas bien y escudriñas los detalles verás que te están juzgando, porque saben lo horrible que eres. Y se fijan en tus ojeras, y se preguntan cómo te atreviste a salir con esa ropa. Y se burlan un poco de ti, sí, en algunas, aunque sutilmente, lo hacen; y te miran con pena en otras y desprecio a veces, acusándote de ensuciar la sala con tu presencia. Y en algunas ni siquiera te atienden, se quitan las pupilas para no verte. Y mientras tú deterioras y mueres, y estás tanto peor cada vez que se ven, y tanto más cerca del fin, ellas permanecen intactas, perfectas, y eternas; y lo saben muy bien. Y si investigas un poco más averiguas que la verdadera Jeanne, la modelo original que era esposa del artista, la que inspiró esos cuadros, era tan común y corriente como lo somos tú y yo. De cara cuadrada y narizona, era como una caricatura de la mujer en sus pinturas, como una mueca; y tal vez por eso se lanzó de un quinto piso, por no tolerar la competencia. Sabía que iba a perder.

 En su último día, a Renata le llegó un mensaje anónimo implorándole que visitara la sala 178 lo más temprano posible. Cuando llegó, se enteró del escándalo. Alguien tomó a las Jeannes; a todas y cada una. Pero no se robó ninguna. En vez, fueron nítidamente acomodadas de vuelta en el almacén, y remplazadas por pinturitas en marcos rudimentarios, pintadas en papel blanco por un novato con crayola, sharpies y lápiz. Tituladas Las Renatas, mostraban de distintas maneras a una mujer arrugada, sonriente, con pelos en la barbilla, chancros, figura redonda y dos dientes inmensos. Fue un acto tan inspirado que permanecieron en la sala.

Nadie extrañó a las Jeannes.

ricardoiiiiii Ricardo Martí

Publicista. Propietario y administrador de Hoppers.tv. Recién graduado de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón

El proveedor

Por: Nancy Debs Ramos 

A mi padre, que vivió la Primera Guerra Mundial en el Líbano, su país.

El niño de seis años, hambriento, se acercó al pelotón enemigo a pedir comida.  Uno de los soldados colocó en las pequeñas manos varias cucharadas de arroz cocido. El chico posó la vista en el alimento acabado de recibir. Sacó la lengua para humedecer los labios, antes de tragar la abundante saliva que le subió a la boca. Luego miró al soldado.

      –¡Gracias! –dijo.

      Con mucho cuidado, sin dejar caer ni un solo grano al piso, guardó el arroz en los bolsillos y corrió. En casa, la madre y el hermano, esperaban ansiosos la cena.

 

Nancy

Nancy Debs Ramos

 Nancy Debs Ramos vive en San Juan. Es graduada de Bachillerato en Ciencias con concentración en Biología de la UPR en Río Piedras. Trabaja como corredora en su compañía de bienes raíces y ha escrito columnas sobre este tema en los periódicos El Vocero y El Nuevo Día. Actualmente se encuentra en el proceso de escritura de una novela como tesis para recibir el grado de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Sus poemas han aparecido en diversas antologías, la más reciente de ellas Fronteras de lo imposible, de Casa de los Poetas, de quien recibió el segundo premio compartido en el 3er Certamen de Poesía 2014. Dos de sus cuentos fueron publicados en las revistas literarias, Inopia y Trapecio. Recibió una mención por “El proveedor” en el Primer Certamen Minicuento de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico, categoría estudiante.

Las Memorias

 

 Por: Mara Daisy Cruz

En Primavera, cuando terminó de leer sus memorias, se preguntó: «¿Cuál será la manera más rápida para que este libro me inmortalice?».

Abrió la gaveta de la mesita de noche, sacó un revolver y se voló los sesos.

 

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Mara Daisy Cruz  

Fundadora y directora de la revista literaria Letras Nuevas y del Instituto de Formación Literaria, para el cual ha dirigido una serie de talleres de cuento en diferentes instituciones de Puerto Rico. Formó parte del jurado del Certamen Internacional de Narrativa 2009, convocado por La Barca de la Cultura en Argentina. En 2002 publicó “Raíces”, un fragmento de sus memorias, en la antología Cuadernos de taller: Taller de memorias con el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ha publicado en diversas revistas y en las antologías Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio y en Érase una vez un…Microcuento II.

Es administradora del portal literario Ciudad Seva, exsecretaria de la Junta Directiva de La Cofradía de Escritores de Puerto Rico y tesorera del PEN Club Internacional. Fundadora del colectivo de escritores Amalgama G7. Posee una maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón.

Cambio de nombre

 

Por: Mary Ely Marrero-Pérez

 

Desde que Dolores emigró de Santa Isabel a San Juan, solo conocía del amor al ritmo de la vellonera que gritaba, por ejemplo, “Aguacero de mayo que va a caer… agüita y agüita bombón” al ritmo de Rafael Cortijo y su Bonche. Veinte dólares saldaban la deuda de los borrachos que la pretendían desde las esquinas de la barra.

—No fueron gotas de rocío, fue el dulce veneno de tu falso amor –cantó la mujer con los ojos cerrados, mientras dramatizaba el contenido de la letra.

—Ansío un encabalgamento eterno de tu voz –le dijo un poeta vestido de blanco, aún sobrio: nuevo comensal de licor, quien se plació de ver a Dolores resplandeciendo en un vestido verde charteuse ceñido a las cien libras de cuerpo.

—Ven –respondió ella, quien solo entendió que el hombre pagaría e ignoró el deseo lírico–. Cambió de un día para otro día. Cogió la maleta ayer y se me fue. Ella hablaba de amor y vida –desentonó nuevamente la mujer tras llevarlo de la mano al aposento, desvestirse y lanzar al colchón sus veinticuatro años de conformismo remunerado–. ¿Cómo te llamas?

—Hasta hoy me llamo Francisco, después de ti, no sé –dijo sonriendo el poeta–. ¿Qué hacer si la desnudez no es completa y los narcisos vuelan desde el gozoso ocaso hasta mi humilde aurora? –le recitó en jadeos cadenciosos sus poemas y le sudó los versos en la piel.

—¿Ahora, cómo te llamas? –preguntó ella luego de haberse abstraído en la poesía y dejar de oír las voces de la vellonera.

—Desde hoy, soy más Francisco –continuó mirando la desnudez de su nueva amante, mientras se vestía.

Dolores lo vio marcharse tras besos lanzados, promesas de un pronto regreso, y musitó: “A partir de hoy, me llamaré Suspiros”.

 

Mary Ely Marrero-Pérez (1977, Bayamón)

Profesora de Español e Italiano hace 15 años. Cursó la Maestría en Creación Literaria. Posee estudios graduados en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Su cortometraje Despasión se exhibió en el Museo de Arte de Puerto Rico en el 2011 como parte del Primer Festival de Cortometrajes Drama Droz. “Reducido a metáfora” es parte de la antología de cuentos Lisboa directa al corazón de Ediciones del Viento y Grammata en España. “El poder de la poesía” es parte de la antología de microcuentos Sensaciones y sentidos 2014 del titular Diversidad Literaria de España. Martín, Historia de un zapato, ¿Te cuento un cuento?, Las mamas están revueltas: terapia frente al espejo y Juegos en el tiempo son obras de teatro que se han escenificado en Bellas Artes de Santurce, Teatro Alejandro Tapia, Teatro Coribantes y Teatro Francisco Arriví. Martín recibió un premio Alejandro Tapia y Rivera a la Mejor producción musical infantil del 2009.