“Los invisibles” de Nancy Debs Ramos

***Este cuento fue el ganador del Premio Saldaña, Carvajal & Vélez-Rivé en el Certamen de Cuento Histórico de la Cofradía de Escritores 2014.

Los invisibles

“Este es el mundo visible, pero no es el único mundo”.

Eduardo Lalo

Dicen que en el infierno todos somos iguales, pero en los campos de concentración nazis cada uno tenía su rango, y el de los homosexuales siempre fue el de menor categoría.

Recuerdo la tarde que nos conocimos Fred y yo, tan distinta a la de nuestra última despedida. Las nubes parecían haber desertado el cielo de Berlín. En el bar Eldorado, todo era música y algarabía. Los tabacos, salpicados con una pizca de vainilla, le impartían el aroma al salón. Lo vi pasar y me fijé en sus ojos, tan índigos como los míos. Alguien, no recuerdo quién, lo sacó a bailar. Tocaba jazz la orquesta de Gabriel Formiggini. Mientras Fred bailaba no dejaba de mirarme. Entre bocanadas de humo, lo observaba girar los pies al ritmo penetrante de la música. Levantaba la vista de mi trago y lo sorprendía escudriñándome desde lejos. Ninguno de los dos supo describir la razón por la que sucumbimos a esa agonía que implica el amor prohibido cuando hay aires de guerra.

Meses después de aquel primer encuentro, cerraron Eldorado y todos los bares que solíamos frecuentar. En las calles era imposible tomarnos las manos. Nos arriesgábamos a ser culpados de infringir el párrafo 175 del código penal. Muchos terminaban en las cárceles simplemente porque alguien los acusaba de ser homosexuales.

Una mañana, varios soldados de la Gestapo se llevaron a Fred mientras yo estudiaba en la universidad. Jamás regresó a la casa. Presumí que alguno de sus antiguos amantes lo había delatado por rabia o por miedo. Yo no lo hubiese hecho, aunque me desmembraran vivo, como sabía que él tampoco me delataría a mí.

Busqué a Fred durante varios meses sin poder averiguar a dónde lo habían llevado, pero un día tocaron a mi puerta y un soldado de la SS me condujo hasta la estación de policía.

–¿Sabes por qué te detuvimos? –dijo el sargento de la estación sin mirarme.

–No –respondí.

–Porque has cometido actos abominables con otros hombres.

–¡No! –respondí de nuevo más enfático.

–¿Eres tú en la foto? –me dijo mostrándome una fotografía que le había dedicado a Fred, en la que ambos aparecíamos abrazados. Imaginé que la habrían encontrado entre sus pertenencias.

Me encerraron en la cárcel de Luebeck. Allí me torturaron junto a otros compañeros del penal. Cada día, al menos uno de nosotros, era retirado del grupo y devuelto en las tardes con marcas de golpes en la espalda o la cara. En ocasiones nos acercaban un fósforo encendido a los vellos del escroto mientras teníamos las manos amarradas. Les gustaba vernos brincar de dolor. A veces nos obligaban a tener relaciones en grupo frente a ellos, como una gran orgía circense. Un día me ofrecieron sacarme de la cárcel si accedía a ser castrado. Me sometí a la operación. Pensaba que eso me libraría de por vida del presidio y entonces podría dedicarme a buscar a Fred; pero años después me arrestaron por anarquista y esa vez me enviaron al kazet, como le llamaban a los campos de concentración, de Flossenbürg.

Allí segregaban a los homosexuales en barracas separadas y eran muchos, pero yo no pertenecía a ese grupo porque al estar castrado los nazis me consideraban “curado”. Como el gobierno de Hitler siempre destacaba en los uniformes una insignia que revelaba la razón por la que los presos estaban allí, a los que acusaban de infringir el párrafo 175 les ponían un triángulo rosado con la punta hacia abajo sobre el número de recluso. Mi triángulo era negro. Delataba la condición de renegado. A los encargados de asegurar la obediencia y disciplina de los reclusos les llamaban kapos. Eran criminales habituales que llevaban muchos años en la cárcel; en general, eran abusadores y exigentes con los confinados. El triángulo de ellos era verde; estaban por encima de todos nosotros.

La primera vez que lo vi en Flossenbürg fue en la oficina de recibimiento, donde Fred estaba asignado a trabajar. Con la emoción de la sorpresa, tuvimos que contener las ganas inmensas de abrazarnos. Su cara de niño era la misma, a pesar de haber transcurrido casi siete años, pero los ojos revelaban una agonía de ancianidad. En ese momento no pudimos hablar mucho, solo me dijo que nunca trató de comunicarse conmigo por temor a involucrarme. Yo le dije que el tiempo que estuve libre lo dediqué a buscarlo. Poco después logramos vernos; entonces me pudo contar su experiencia:

“Al llegar al kazet me hicieron desnudar junto con otros cinco muchachos. Nos preguntaron bajo qué cargos estábamos allí. Tuvimos que describir con detalles lo que habíamos hecho y cómo. Nos raparon la cabeza, el cuerpo y el vello púbico. Entonces recibimos patadas, bofetones y puños. Los guardias nos llamaron patos, maricones, y pronunciaron todos los epítetos que nos relegaban al nivel subhumano como la más baja escoria de la sociedad. Luego llegaron varios kapos que nos observaron de cerca, mientras nos hacían girar desprovistos de toda ropa. La sensación que más semejaba esa escena, era ser vendido como esclavo en un mercado romano. Uno de los kapos, el de mayor jerarquía, me dijo que lo siguiera para mostrarme la cama. Desde ese día, no lo sabía entonces, me convertiría en el juguete sexual de Gregor. En el primer encuentro me obligó a poner las rodillas y las palmas de las manos sobre el piso, me amarró las extremidades a cuatro maderos, y tomó una vara gruesa, como de quince pulgadas de largo, que me introdujo en el ano sin ningún lubricante. La sangre corrió por la parte trasera de mis muslos y la entrepierna. El dolor y la hemorragia fueron tan intensos que terminé en la enfermería. Sabía que eso era un aviso del dominio que Gregor tendría sobre mí. Aprendí que la violación no tiene que ver con sexo, sino con el poder. A cambio del ultraje continuo, fui colocado en trabajos de oficina. También recibí mayores raciones de comida, mejores tratos…

Los kapos desean mantener a sus esclavos saludables. Otros triángulos rosados, la mayoría, son enviados a los trabajos fuertes en minas. También los someten a experimentos con inyecciones y les aplican electrochoques con la intención de corregir su sexualidad. Muchos sucumben debido a los atropellos, la pobre alimentación y la faena rigurosa. Veo a los compañeros de barraca morir casi a diario. Mi cuerpo está fuerte, pero mi espíritu está quebrado”.

Lo vi llorar por primera vez. Quise echarle los brazos, apretarlo, decirle que nunca lo había dejado de amar, pero no pude. Nos vigilaban de cerca, aunque Gregor era el que había dado permiso para que habláramos, porque creyó la historia de que éramos familia. Fred estaba encorvado a mi lado, con la palidez que produce una vida de tormentos. ¿Cómo se soporta por tantos años la humillación, el abuso, el despojo de todo lo que se ha sido y tenido? ¿Qué capa de barniz tan fina cubre nuestra civilización que puede despintarse así de fácil?

Nos vimos dos o tres veces más. En el invierno de ese año, hacia el final de la guerra, trasladaron a Gregor a otra prisión. Fred perdió toda protección y comenzó a adelgazar. Le propinaban palizas y lo habían enviado a trabajar en las minas. Una noche, mientras las ventanas de las barracas estaban llenas de nieve, revisaron a los presos de los pabellones de homosexuales. Los obligaban a dormir solo con una camiseta, sin ropa interior, y con las manos fuera de la sábana para asegurar que no se masturbaran. Fred vestía un calzoncillo que le había conseguido otro preso; lo sacaron desnudo al patio, le derramaron varios cubos de agua helada en la espalda y lo dejaron a la intemperie el resto de la noche. Luego de esa fecha enfermó de bronquitis, que más tarde progresó a pulmonía. Cada día que pasaba, se debilitaba más y parecía un manojo de huesos. Lo trasladaron a la barraca de los enfermos. Estaba al tanto de él porque un compañero de litera trabajaba en la enfermería.

Una mañana se regó en el campamento, a través de los protegidos de los kapos, que al día siguiente nos harían marchar hacia Dachau. Sabía que eso significaba que nos volverían a separar; en esta ocasión para siempre. Logré acceso a la enfermería a través de mi amigo, porque con la ansiedad que había en el campamento los guardias se reunían a menudo entre ellos y no nos prestaban mucha atención. Fred yacía acostado de lado en el primer piso de la litera, mirando hacia la pared. Me acomodé también de lado en el incómodo colchón de paja. Levanté su camisa y me quité la mía. Tracé con los dedos suavemente los bordes de las escápulas que brotaban de su espalda como alas de mariposa. Me pegué despacio a su cuerpo.

–Déjame tenerte así por unos instantes –le dije–. Esta será la última vez que nos veamos.

Fred dejó escapar un gemido angustioso. Estaba tan lacerado y frágil que el mínimo movimiento le producía un dolor agudo.

–Quiero que tu espalda huela a mi pecho y que mi pecho se impregne con el olor de tu espalda –susurré.

–No me dejes solo –dijo en un murmullo.

Me quedé un rato largo pegado a él. Sentía su respiración forzada, a un ritmo irregular. A pesar de que no hacía calor, las gotas de su sudor se adherían a mi cuerpo. Estiré el brazo izquierdo y tomé mi camisa que estaba en la cama e hice un bulto con ella. La pegué a su boca y a la nariz desde atrás. No opuso resistencia. Parecía que Fred esperaba aquello de mí; el último acto de amor. Lo sentí aflojar los músculos, abandonarse a mi abrazo. Movió la cabeza con una leve inclinación hacia abajo y luego hacia arriba, asintiendo dos veces. Apreté con todas mis fuerzas. Sentí la figura menuda estremecerse frente a mí. La falta de oxígeno provocó que Fred, aunque no quisiera, se agitara mientras mis manos apretaban su cara. Después llegó la quietud. Aguanté un rato más hasta asegurarme de que el corazón no latía. Solté la camisa. Rasgué la tela de su uniforme con los dedos y los dientes, lleno de furia. Era como si el espíritu de un animal salvaje se hubiese apoderado de mí. Arranqué el triángulo rosado junto al número de preso que todavía conservo. Me así a su cuerpo inerte y lloré.

Al día siguiente, como avisaron los kapos, nos obligaron a emprender la marcha de la muerte. Los enfermos, los más débiles que no soportarían caminar por varios días, quedaron solos, abandonados al azar en el campo de concentración. Muchos murieron de inanición antes de que llegaran las tropas aliadas.

Cuando terminó la guerra, a la mayoría de los sobrevivientes de los kazets se les pagó una suma de dinero como recompensa por los sufrimientos pasados; a los homosexuales, no. Tardamos en reajustarnos a la sociedad porque nuestros amigos ya no estaban o habían muerto. Las familias no quisieron relacionarse con nosotros; éramos una deshonra para ellos. Los aliados tampoco nos acogieron, porque tenían los mismos prejuicios. Incluso, hicieron a algunos cumplir más tiempo en las cárceles, al determinar que no habían extinguido su condena. Aunque ya no se exhibían los triángulos rosados, continuábamos con el estigma.

Ahora, en las postrimerías de la vida, he visitado varios museos del holocausto. No hay mucha información sobre nosotros. En los que existe alguna, nos llaman por el primer nombre y la inicial del apellido; dicen que para proteger nuestra identidad. Fred aparece en las listas como Alfred G. y yo como Robert C., sin muchos datos que describan nuestra historia. Para dejar de ser invisibles, nunca fue suficiente haber vivido en el último escalafón del infierno.

Nancy Debs Ramos

Nancy Debs Ramos vive en San Juan. Es graduada de Bachillerato en Ciencias con concentración en Biología de la UPR en Río Piedras. Trabaja como corredora en su compañía de bienes raíces y ha escrito columnas sobre este tema en los periódicos El Vocero y El Nuevo Día. Actualmente se encuentra en el proceso de escritura de una novela como tesis para recibir el grado de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Sus poemas han aparecido en diversas antologías, la más reciente de ellas Fronteras de lo imposible, de Casa de los Poetas, de quien recibió el segundo premio compartido en el 3er Certamen de Poesía 2014. Dos de sus cuentos fueron publicados en las revistas literarias, Inopia y Trapecio. Recibió una mención por “El proveedor” en el Primer Certamen Minicuento de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico, categoría estudiante.

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