Feligreses electrónicos

Por: Mayra Bermúdez

Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos (Isaías 1:15).

 

Hace un mes que los dueños de las súper tiendas y los propietarios de pequeños negocios claman por abundancia. Llevan una desesperada guerra de promociones. Los consumidores los ven como a David y Goliat, pero en este caso divisan al gigante sentado en el trono.

La contaminación de anuncios por radio, televisión y periódico tiene a la población asfixiada. Cientos de páginas a colores inundan las revistas que mágicamente iluminan de codicia a miles de millones de ojos humanos. Los carteles de las vitrinas cubren puertas y ventanas. Los comerciantes más audaces alquilan avionetas que sobrevuelan la ciudad durante la hora pico para anunciar con rótulos inmensos la hora de apertura del famoso viernes de descuentos increíbles. Esta venta especial promete ser beneficiosa para el bolsillo del consumidor. El engaño va a ser multado, repite el secretario de comercio en rueda de prensa. Pide orden y respeto entre los ciudadanos. No es necesario hacer filas largas, dice, hay artículos para todos.

Diego y su madre, María, llevan un día y medio en la fila frente al súper establecimiento de equipos electrónicos, que al igual que otros, también ofrece infinidad de ahorros. Hacen el número seis en la línea que comienza a darle la vuelta al centro comercial más grande de la metrópoli. Al fondo, un eco interminable de bocinazos acompaña al tráfico de las cinco de la tarde. Anonadados, miran el gentío que entra y sale de la gran tienda. Desde sus sillas de playa con una sombrilla multicolor integrada se cuidan de no guardar distancia entre el joven al frente (vestido de negro con una docena de aros repartidos entre las orejas, cejas, labios y nariz); y la pareja de mujeres universitarias que resguardan la séptima posición. Parecen mudas. Desde que se instalaron, se han comunicado solo por mensajes de texto y hasta se ríen sincronizadas, como Twiddi Dim y Twiddi Dum, los gemelos del país de Alicia.

Cualquier espacio en el que quepa un cuerpo humano significa la posible pérdida del preciado turno. Son enemigos unidos por un propósito a corto plazo. La gente pega las sillas plegadizas a la pared del edificio de tres niveles formando una cadena desigual. Mujeres y hombres recuestan sus pies sobre las neveras portátiles abastecidas de soda, cerveza y agua. Es como acampar entre ceibas de cemento y cal, dice alguien a un reportero. Desde el techo del edificio y casi tocando sus cabezas, sobresale una pancarta de un mar de sábanas que desde el mismísimo cielo San Pedro pudiese leer: “Súper Especiales del Viernes Negro”. La mayoría juegan con sus celulares, y el resto, observa la caravana de personas que continúan entrando y saliendo. Desde el primero en la fila hasta el constante penúltimo vigilan sus puestos cautelosos. Entre miradas sobresale la codicia. Todos se sienten miembros del senado capitalista en espera de la asamblea extraordinaria.

Faltan doce horas para la gran venta. Cada vez que María se levanta de la silla, Diego la mira malhumorado. ¿Cuándo saldré de aquí?, se repite irritada. Es indiscutible que en este ambiente selvático alguien debe guardar el turno y el otro comprar los alimentos. Ansiosa, sale hacia el estacionamiento a fumar entre los autos. Luego va al baño de cualquier local para contar el dinero que le prestaron. Quiere asegurarse de tener lo suficiente para el celular de Diego. Con el marido en la cárcel y sin trabajo, solo depende de la ayuda del gobierno y de la iglesia. Y mi hijo necesita un celular, se repite.

Diego, recién graduado de secundaria, perdió la oportunidad de entrar a la universidad por no haber llenado la beca a tiempo. Los juegos electrónicos ocupan toda su vida. La falta de un carro y la diabetes son su excusa para no querer salir de la casa. María le compra las camisetas triple equis y cada semana le remienda la cintura de los pantalones con retazos de otro. Es difícil conseguir ropa para él, dice preocupada a los niños que lo miran con pena.

María regresa a la fila con ambos brazos llenos de bolsas con alimentos para su hijo: batida, hamburguesas, papas fritas, donas y galletas. Los demás los miran con el rabo del ojo. Cuando Diego termina de comer, la madre quiere cambiarle la camisa que lleva puesta desde hace dos días, pero él le grita que no, porque allí nadie se ha duchado. Además, añade, podemos perder el turno en un descuido. A María le tiemblan las manos, da media vuelta y se aleja de nuevo a fumar. Le preocupa cómo hará para navegar entre la multitud y conseguir el celular que quiere Diego, el Galaxy. Por otro lado, los vecinos de los turnos cercanos a Diego resuelven la hediondez con pañuelos y camisetas alrededor de sus cabezas. Parecen beduinos en medio de una tormenta de arena.

Son las dos de la mañana del viernes. La manada de gente descansa. Diego duerme y María vigila. Algunos dormitan con un ojo abierto y el otro a medias; el resto, combate el sueño con los juegos del celular. En tres horas comienza el gran clamor por la economía.

Desde la autopista se ven millares de luces de los vehículos que se aproximan al centro comercial. Deben ser los padres y madres de los niños que a cuestas culminarán sus sueños en medio del estacionamiento.

A las cuatro y media de la mañana suena una variedad de alarmas musicales. María se estremece y despierta a Diego. Le ofrece una chocolatina con cinco donas. Él se las come en menos de un minuto y con la boca llena, le ordena que cierre la sombrilla y lo ayude a levantarse. Ella lo agarra por las axilas y se echa hacia atrás. Ambos cuerpos dan tumbos de un lado a otro; mientras sus vecinos, hartos por tan larga convivencia, hacen ademanes despectivos. Al fin la silla se pudo liberar, pensaron los burlones que ríen por lo bajo.

Es casi la hora. Una inmensa masa humana está parada en espera. Una mujer logra ver al empleado que se acerca y busca la llave metálica que abrirá las compuertas de doble vidrio.

-¡Ya van a abrir! -gritan uno al frente y la voz se riega hacia atrás.

Todos alargan los cuellos para lograr ver mejor y se van juntando hacia adelante. Cuando el hombre intenta abrir, una ola de empujones proveniente del fondo, llega violenta hacia al frente y rompe el orden de la fila. Entonces el último que llega quiere ser el primero. Como los demás, Diego y María esperan apretados por la liberación.

-Galaxy, Galaxy, Galaxy -repiten los dos como en letanía.

-¡No empujen! -gritan los primeros.

-¡Qué bestias! -claman los de atrás a los que acaban de llegar y ansían entrar sin esperar.

Son las cinco. Hombres y mujeres se unen en un solo clamor. Algunos extienden los brazos y ruegan para ser escuchados. Otros, con ojos temerosos, se aferran a su pareja. Los padres cargan a los hijos al hombro y las esposas gritan por piedad. El gentío se vuelve un solo cuerpo. Diego se aferra a su madre, como María a la cruz. Ella, en sacrificio, mira al cielo en busca de aire, pero se hunde sin fe a los feligreses que la llevan a rastras. Los pulmones le colapsan; hasta su espíritu quedó atrapado entre el espacio restringido.

Al fin los vidrios de la puerta detonan, como la explosión de una estrella. El empleado queda ensangrentado en una esquina, y en la otra, yace el cuerpo sin vida de una madre.

-Mami, ¿dónde estás?, ¿por qué me has abandonado? -grita Diego mientras es arrastrado por la manada humana.

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Mayra Barmúdez

Mayra M. Bermúdez nació en San Juan, Puerto Rico y estudió administración de empresas en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Estudia la maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en San Juan, Puerto Rico. En el 2012 fue tesorera de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico y es miembro del Taller Literario Clandestino.

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