La casa en que vivo no tiene dirección

Por: Hugo Rodríguez Díaz

 

—La casa en que vivo no tiene dirección —contestó el imputado Ernesto Miranda, con voz respetuosa, pausada, pronunciando con claridad cada sílaba, mientras se encorvaba y alargaba el cuello hacia el frente para acercar su cara al micrófono del podio.

El gesto afirmaba el tono escogido. Si el podio, ubicado en el medio del salón de sesiones, no hubiera estado entre él y el juez, el ademán de Miranda habría parecido una reverencia. Podía oír el crujir de su estómago, que reclamaba el café que no había ingerido esa mañana. No se podía dar el lujo de llegar tarde a la cita en el Tribunal y por eso omitió el desayuno frugal al que se había acostumbrado, que consistía del aromático líquido. La ansiedad por evitar la tardanza no le permitió analizar que el colado del café solo le tomaría pocos minutos.

—Imposible. Toda casa tiene una dirección —le dijo el juez, mirándolo por encima de los espejuelos. Pensó aclararle que el micrófono, instalado para grabar los procesos y no para amplificar las voces, recogía bien sus palabras sin que tuviera que inclinarse hacia él, pero no lo hizo.

—La mía no tiene ninguna. Es un campo.

Esa mañana había caminado hasta la bifurcación de la carretera para esperar el carro público que lo llevó hasta el pueblo. Allí debía tomar otro transporte. Era tan temprano que el pavimento todavía estaba húmedo por el rocío. En una de las calles que rodeaban la plaza central había una fila de guaguas que trasladaban pasajeros hasta la ciudad. Todas tenían abiertas las puertas del lado derecho. Se montó en la primera de ellas y cuando estuvo llena, el chofer la cerró y partió. A Ernesto Miranda le tocó al lado de una de las ventanillas. Se sentó muy derecho y dejó un espacio entre su cuerpo y el próximo pasajero, para evitar que su camisa de mangas largas se estrujara.

—Dígame el barrio o sector en que usted vive.

El calendario del tribunal tenía veintidós asuntos, pero el magistrado no podía avanzar al próximo caso, porque para completar la Lectura de Acusación de este, tenía que hacer constar el domicilio del imputado.

—A aquello le dicen La Pangola.

—¿Cuál es la carretera para llegar a su casa? —el juez, que vestía una toga negra con brocados blancos en las bocamangas, comenzaba a impacientarse.

Miranda era un hombre de bagaje. Tenía preparación académica formal y había sido maestro de estudios sociales en la escuela rural. A los cincuenta y nueve años, y con dos exesposas a cuestas, tenía la perspicacia para salir airoso de cualquier situación. Nada, sin embargo, lo había preparado para esa experiencia forense. No pudo percibir los cambios de inflexión en la voz que lo interrogaba, quizás porque se sintió compelido a decir una verdad demasiado precisa. A pesar de que lo tenía que mirar hacia arriba debido a la posición elevada del estrado de caoba, el togado le pareció a Miranda un alumno a quien hay que repetirle la lección.

—Eso es lo que trato de explicarle, señor juez. No hay una carretera que pase por mi casa ―la voz comenzó a salir temblorosa, y solo entonces se dio cuenta del frío que hacía en el recinto.

—Tiene que haber una carretera cercana, una escuela, algún comercio, que le indique al Tribunal cómo llegar a usted, si fuera necesario —la idea de revocarle la fianza comenzó a rondar la cabeza del letrado.

—Bueno, sería la carretera 159.

Había un negocio cercano, el Neri’s Bar, pero no dio esa referencia por temor a causar mala impresión.

—¿Y el kilómetro?

—Ocho punto seis.

—¿Vio que toda residencia tiene una dirección? —con aire victorioso, el juez anotaba en el expediente los datos recién obtenidos.

—Pero la mía no —insistió Miranda—. En ese kilómetro empalma la carretera y ahí es que yo me bajo del carro público.

—En este tribunal todo el mundo tiene que informar una dirección —el magistrado daba golpecitos con su bolígrafo sobre el expediente.

—Cuando salgo de la carretera, entro en una vereda. Camino como ocho minutos, cruzo una pequeña quebrada y continúo como tres minutos más, hasta llegar a un mangó Columbus kidney. De ahí bajo una cuesta y llego a mi casa.

Iba a explicar que no era un árbol de mangó cualquiera, y aunque él no podía dar fe de que ese nombre científico que había escuchado desde que se mudó allí fuera el correcto, sí sabía que su fruta es más grande que los mangós comunes, es en forma de riñón y su color es rojizo cuando está madura. Pero la mirada que descendía del estrado lo paralizó.

—No se haga el listo. ¿Usted ve estas canas? No son de viejo, son de sabio. Así que no juegue conmigo, porque este tribunal tiene facultad para meterlo preso.

El acusado comenzó a sentir que las suyas sí eran de viejo en aquel lugar donde no encontraba las palabras para hacerse entender.

—Yo no estoy jugando, señor juez —ya no era únicamente la voz la que le temblaba, sino las rodillas y las manos, mientras buscaba auxilio con los ojos en cualquier otro funcionario de la corte.

La secretaria de sala, sentada en un escritorio más bajo que el estrado del juez, clavó sus ojos en la pantalla del computador. Para no sostener la mirada del imputado, el alguacil sacó un bolígrafo de su gabán de poliéster y comenzó a garabatear en su copia del calendario de asuntos del día. Un abogado que el Tribunal le había asignado para que lo representara de oficio, le murmuró al oído un consejo, que Ernesto Miranda no se atrevió a seguir: que complaciera al magistrado y le diera cualquier dirección física.

—Mire, señor Miranda, en mi corte todos los acusados tienen un número de caso, tienen un delito tipificado y tienen una dirección —el juez fue levantando la voz hasta que las últimas palabras salieron en un grito.

—Pero yo le estoy diciendo la verdad.

—No me interrumpa. El suyo es el caso 2010-G0424, su delito es Artículo 198(q). Solo nos falta la dirección.

—Le juro que la casa en que vivo no tiene dirección —dijo ya sin esperanzas.

Ni siquiera se detuvo a pensar que haber apostado a los caballos en la banca clandestina del Neri’s Bar era un artículo 198(q).

—Le voy a dar la última oportunidad.

—Es que la casa en que vivo no tie…

—Este tribunal le revoca la fianza —el juez no dio con el mallete en el estrado, solo hizo un gesto al alguacil—. Deberá ser ingresado hasta el día del juicio. Alguacil, hágase cargo del imputado. Secretaria, llame el próximo caso.

Mientras era conducido hacia la celda no podía oír el rugido de su estómago. Lo único que escuchaba era el eco que amplificaba dos pares de pisadas por el pasillo silencioso. El reo sintió que los pasos que acompañaban a los del alguacil eran los del 2010-G0424 y no los de Ernesto Miranda, el que desayunaba café, vivía en La Pangola, más allá del mangó Columbus kidney, llegaba temprano a sus citas y le gustaba probar suerte en el Neri’s Bar.

hugo

Foto Agustín Santiago EL VOCERO

 

Hugo Rodríguez Díaz

Nació en San Juan, Puerto Rico el 10 de junio de 1968. Se graduó de abogado a los veintidós años y desde entonces ejerce la profesión, mayormente en las áreas de litigio civil y penal. Tiene su propio bufete en Bayamón. Además de su formación en Ciencias Políticas y Derecho de la Universidad de Puerto Rico, completó cursos de maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Al presente escribe una novela que presentará como trabajo de tesis. Es columnista en  del periódico El Vocero y miembro del Panel de Ciudadanos de la Comisión de Ética del Senado de Puerto Rico.

 

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