Escribir es reescribir

Escribir es reescribir

escritor pensante

“Un libro no se termina se abandona”

El mejor órgano de control de la escritura es la reescritura. Flaubert decía: “Escribir sinifica reescribir”, y en una carta a Louise Colet confesaba: “Hoy me he pasado ocho horas corrigiendo cinco páginas y creo que he trabajado bien”. Martin Amis va aún más lejos:

Es volver a mirar continuamente lo que se ha escrito tratando de descubrir algo nuevo.

La reescritura y la corrección son las obsesiones principales del escritor, que trata de guiar el libro hacia un centro, hacia una perfección que es irrenunciable e inalcanzable a la vez.

Francisco Ayala fue siempre un escritor lento, precisamente por su afán perfeccionista:

                  A veces una frase es todo lo que he escrito en un día; otras no, otras veces puedo          escribir páginas, pero aun entonces cada página que escribo, la vuelvo a reescribir, la repito, y solamente cuando me parece que está en el límite de lo que yo puedo conseguir en cuanto a expresión, la doy por definitiva.

García Márquez escribe y corrige, corrige y escribe hasta que su agente literario le imprime el manuscrito, casi a la fuerza: “Un libro no se termina se abandona” afirma, y de mala gana lo entrega a su destino.

Del mismo modo se comportaba Gina Lagorio, que seguía reescribiendo obsesionada por un adjetivo, por una “limpieza” infinita:

Me tienen que arrancar el manuscrito a la fuerza, llevarlo corriendo a la editorial e impedirme que lo mire por última vez. 

Ya hemos hablado de la reescritura continua de Raymond Carver, mientras que el testimonio de Luciette Destouches, la mujer de Celine, confirma de alguna manera que la enfermedad del escritor francés también dependía de la insatisfacción que sentía al escribir.

                Andaba por ahí enfundado en una bata atada con una cuerda; era una especie de polichinela que metía, por qué negarlo, un poco de miedo. Ya no comía casi. Se saltaba los almuerzos y las cenas; solo tenía una gran pasión por los croissants. Su vida, sus últimas energías, las gastaba en el trabajo. Escribía en las pocas horas matutinas de alivio que le dejaban las migrañas cada vez más fuertes. Luego, por la noche, me llamaba para leerme lo que había hecho. Declamaba fuerte, a trompicones rompiendo las frases. Pero nunca se quedaba contento con lo que hacía. Volvía a escribir diez, veinte veces el mismo capítulo. Siempre en busca del ritmo musical perfecto… Pero sus ataques se volvieron cada vez más violentos y seguidos hasta que llegó el definitivo, 1 de julio de 1961. Acababa de terminar Rigdón. Murió sin permitirme que llamara a un médico.

El nigeriano Chinua Achebe tenía un método sencillo: escribía una frase y luego escuchaba como sonaba. Si no sonaba bien, la rehacía hasta que quedara satisfecho. Solo entonces pasaba a la siguiente.

Aldo Busi reescribió Vendita galline km. 2 catorce veces, pero Busi trabajaba doce horas diarias, y mientras corregía la novela publicó otros cuatro libros.

Giampolo Rugarli ha confesado que cuando era joven la reescritura le ponía frenético y hoy, en cambio, le gusta más reescribir que escribir.

Es Bohumil Harbal quien cuenta la diferencia clara entre el momento en que hay que echar fuera lo que se quiere decir:

                Entonces lo único que hay que hacer es descargar en un lugar cualquiera y verter rápidamente esos sucesos emocionantes en el papel y lo que sucede después, cuando cada vez el texto reclama y pide unas tijeras para que lo corten en pedazos y lo recompongan en otro texto desplazando un poco más allá. Después, como cuando se hace un buen destilado o un queso, se coloca el texto cuidadosamente en un cajón y al cabo de un tiempo se saca para someterlo al intento de ver sus renglones desde otro ángulo, distinto al con que lo veíamos antes.

  La cosa no acaba ahí. Se puede seguir trabajando con el texto, siempre que cada intervención sea una diversión. Hrabal sabe que todavía le falta algo a ese texto, siempre les falta algo a todos los textos, pero no se sabe el qué, aunque está agazapado en alguna parte.

Luego, un buen día, estás volviendo de la cervecería o yendo hacia allí, o tienes una cerveza delante, y de pronto oyes detrás de ti, o en la mesa de al lado, un suceso, y la sonrisa se te dibuja en la cara; nadie sabe nada, solo tú sabes que esa es la última piedra, la última tesela de un mosaico que ya está completo, no se puede añadir ni quitar nada, está listo, acabado, firmado; pero con eso también está ya muerto, porque ha acabado de divertirte.

Abandonar lo que se ha escrito para alejar el juicio, para poderlo mirar después con una mirada distinta. Es otro método eficaz de reescritura: es como si el manuscrito se modificase con el alejamiento obtenido por el andar del tiempo.

Para concluir; parece distinto, pero la reescritura de Boujera existe. Es una reescritura mental, quizá tan eficaz como las demás, puede que incluso más severa, si no tiene permiso para llegar al papel hasta que no se ha despejado.

(Tomado del libro: Escribir es un Tic)

Mientras Jaime Marzán autor de novelas históricas como Mercedes, Rita; y de un libro de cuentos titulado Equus Rex opina sobre su proceso de reescritura

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mercedes-de-jaimePortada de Rita (1)Eqqus Rex Sann (1)

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Para mí, la reescritura no existe. (!¿Qué dirián de mi todos esos famosos escritores que citas?!) ¿Por qué? Pues porque yo escribo primero en mi
mente y luego lo que allí escribí lo paso al papel.
No te niego que ejercito una cierta forma de exorcismo con lo que escribo. Por ejemplo, mi novela histórica Mercedes me tomó unos seis años
en escribir. Y eso porque la engavetaba y la dejaba “enfriar” un tiempo antes de retomarla; tiempo que aprovechaba para ampliar mis investigaciones
o confirmar algún dato que me hubiera creado dudas. Ahí se hacían cambios pero, no una reescritura como tal. Por otro lado, Rita no me tomó más de cinco meses escribirla, dándole sus merecidos “enfriamientos”.
El reescribir para mí conlleva cambios en el ánimo, y mi ánimo está ya convencido de lo que quiero escribir y del como lo debo escribir antes de
sentarme al ordenador. Mis cuentos en Equus Rex fluyeron como agua de río, uno tras el otro, sin pausa ni descanso.
Yo puedo corregir, claro. Pero sentarme a reescribir, nunca lo he hecho por la sencilla razón de que mi ánimo me dicta que lo que debo escribir ya
debe estar pensado y amoldado al lector que deseo que me lea. Entonces, mi escritura se convierte, si quieres, en un producto semi-terminado al
cual solo hay que colocarlo en el horno unos minutos para hacerlo cuajar. Esos minutos son los que aprovecha el editor para hacer su trabajo y, de
haber algo más qué corregir, se hace cuando se estudia esa primera galera.
El reescribir puede ser una buena práctica para muchos pero, no para todos. Cada cual mantiene su propia versión de lo que es el proceso creativo.
Si uno piensa que hay que buscar la perfección en todo lo que escribe mediante la reescritura pues, muy bien. Ese escribe para sí mismo. Yo escribo
para mis lectores.

 

 

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