El crimen de Las Renatas

Por:  Ricardo Martí

 Dicen que el Gran Museo Universal es el mejor del mundo; y hasta el mejor lugar existente, punto, dirían algunos. Yo nunca he ido, o sea que no sé, pero dicen que es tan hermoso que sería museo por sí solo, sin arte. Y tiene arte por montones, la colección más numerosa en récord, con cientos de miles de obras en tres millas y media de pasillos y salas amplias, repletos de cuadros casi como favelas con ejemplares de cada artista que pueda valer la pena imaginar, incluso ese que estás recordando ahora mismo. También tiene excelente estacionamiento, restaurantes de gran renombre y unas tienditas bien chulas, dicen.

 Me imagino, sin embargo, que todo eso es completamente insignificante si no te interesan estos temas, y así era Luigi. Inmune al arte, este pobre guardia barato sin ni siquiera palito pasaba sus días cada vez más fundido, rodeado de maravillas que le daban igual. Llevaba tanto tiempo ahí que ya ni importaba medirlo. Su consciencia había quedado difuminada, su diálogo interno infrecuente, su ser disminuido a ser, como si fuera un koala; o peor aún, como el eucalipto que un koala come.

 Pero eso vino a cambiar, porque resulta que El almuerzo de remeros de Renoir es mucho más que una pieza impresionista en óleo sobre lienzo pintada en Montmartre durante el 1881. Es, además, una maravillosa ventana a la sicología humana, y un simpático retrato que captura con gran astucia a la naturaleza caprichosa del amor inmaduro en una sola imagen, y a todo el absurdo enredo de pasiones que sufrimos por amores que son imposibles porque son amores y que son amores porque son imposibles. Todo esto está claramente plasmado en el cuadro. A primera vista, un grupo de jóvenes franceses comparte vino y comida en un ambiente jovial en el balcón de un restaurante frente al río Sena. Pero si examinas bien y escudriñas los detalles, notarás que están solitarios, y que aunque están todos juntos en un mismo sitio, nadie interactúa con nadie. Esto ocurre porque cada uno de ellos está interesado en alguien más que está interesado en otro, formando una cadena fascinante de menosprecio y añoro que sintetiza ese terrible dilema que todos hemos sufrido en la vida, por lo menos una vez. Admítelo. Y si investigas un poco más averiguas que la chica al final de la cadena, la única que no añora a nadie, la que juega con el perrito, era Arine Charigot, amante y futura esposa de Renoir, por lo cual la obra es, también, un tributo a su lealtad.

 Luigi jamás hubiera aprendido esto, ni tanto más, sin la encantadora asistencia de la eternamente hermosa Renata Duraldi, una chonchita y plana mujer con nariz chata, barbilla doble, problema de acné y un poquito de barba. Era la chica más bella conocida o por conocer. Luigi celebraba su llegada cada mañana, sus bodrogones aplaudiendo anunciaban su camino. Su piel pálida y negros densos vellos contrastaban en sus piernas, no siempre afeitadas. Su vestimenta de monja en día libre complementaban su pelo desatendido. Su redonda figura. Su arrugada expresión. La hacían lucir tan bella.

 Renata Duraldi entró a ser una de cientos de guías que trabajan para el Gran Museo Universal de Arte y Cultura, y lo fue por bastante tiempo. Tenía dos dientes frontales particularmente inmensos que la hacían lucir como un conejo maltrecho envejecido y despeinado, y que la obligaban a tener un frenillo muy marcado y muchas veces jocoso, causando su apodo: Dedada Dudadi.

 Cinco veces cada día, ella pasaba con su grupito de turistas por donde sea que Luigi estuviera haciendo guardia; y cada vez, pétalos de sabiduría se despedían de su boca con tal precisión, tanto entusiasmo y tanta ternura que hacían que Luigi cobrara vida, casi como estatua de Pigmalión, listo para vivir y adorar lo que tiene y lo que no tiene, y apreciar lo hermoso, indudablemente, y lo feo también, porque todo tiene historia, todo es interesante y en todo hay arte, aunque sea una loseta, no importa, aunque sea una bombilla, la ama, una lata mohosa, tremenda, cucarachas también, lo que quieras, en todo hay misterio, en todo hay estética y en todo hay drama, ¡pero qué bella es Renata!

 El proceso de profundo, intenso y poderoso enamoramiento de Luigi con la hermosa jamona Renata comenzó desde el primer día y no terminaría jamás. Ese total de cincuenta a setenta minutos fragmentados al día que Renata pasa hablando de arte frente a Luigi eran suficiente para hacerle feliz; y cada día le daba las gracias profundas y eternas, aunque nunca literalmente. Esto duraría por siempre, hasta que llegaron las Jeannes.

 En la sala 178 abrieron una serie innumerable de retratos y desnudos que hizo Modigliani de su esposa, Jeanne Hébuterne, durante su corta carrera. A Luigi le tocó trabajar esa sala, y ahí presenció algo en Renata que jamás hubiera esperado ver.  Ella entró un total de cinco veces ese día, como esperado, y en cada ocasión su charla era fascinante y milagrosa, como siempre; pero en la primera ronda soltó un largo suspiro justo al entrar, en la segunda lo hizo al entrar y al salir, en la tercera le temblaba su voz, en la cuarta se le escapó una lágrima y en la quinta se echó a llorar. Al próximo día, Renata pasó cinco veces por el lado de la sala apresurando el paso sin atreverse a entrar. Al siguiente, faltó por enfermedad. Al otro entregó su carta de renuncia, efectiva en dos semanas.

 Esa noche, Luigi pidió quedarse haciendo guardia en la 178, y usó la oportunidad para examinar cuadro por cuadro, trazo por trazo, a cada cuello alongado, cada nariz perfilada y cada sonrisa perfecta de todas las Jeannes. A primera vista son fabulosas. Cada Jeanne un paradigma: delicada sofisticación frágil y firme orgullosamente portada con excelente sentido de moda, cuello eterno y pelo impecable desde cualquier punto de vista, siempre entornada en ambiente idóneo de colores pastel que combinan muy bien con su tez, que la hacen lucir muy plácida, a gusto, irresistible, y lista.

Pero si examinas bien y escudriñas los detalles verás que te están juzgando, porque saben lo horrible que eres. Y se fijan en tus ojeras, y se preguntan cómo te atreviste a salir con esa ropa. Y se burlan un poco de ti, sí, en algunas, aunque sutilmente, lo hacen; y te miran con pena en otras y desprecio a veces, acusándote de ensuciar la sala con tu presencia. Y en algunas ni siquiera te atienden, se quitan las pupilas para no verte. Y mientras tú deterioras y mueres, y estás tanto peor cada vez que se ven, y tanto más cerca del fin, ellas permanecen intactas, perfectas, y eternas; y lo saben muy bien. Y si investigas un poco más averiguas que la verdadera Jeanne, la modelo original que era esposa del artista, la que inspiró esos cuadros, era tan común y corriente como lo somos tú y yo. De cara cuadrada y narizona, era como una caricatura de la mujer en sus pinturas, como una mueca; y tal vez por eso se lanzó de un quinto piso, por no tolerar la competencia. Sabía que iba a perder.

 En su último día, a Renata le llegó un mensaje anónimo implorándole que visitara la sala 178 lo más temprano posible. Cuando llegó, se enteró del escándalo. Alguien tomó a las Jeannes; a todas y cada una. Pero no se robó ninguna. En vez, fueron nítidamente acomodadas de vuelta en el almacén, y remplazadas por pinturitas en marcos rudimentarios, pintadas en papel blanco por un novato con crayola, sharpies y lápiz. Tituladas Las Renatas, mostraban de distintas maneras a una mujer arrugada, sonriente, con pelos en la barbilla, chancros, figura redonda y dos dientes inmensos. Fue un acto tan inspirado que permanecieron en la sala.

Nadie extrañó a las Jeannes.

ricardoiiiiii Ricardo Martí

Publicista. Propietario y administrador de Hoppers.tv. Recién graduado de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón

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