Anónima

Por: Saile Pagán Cantres

 

La noche comienza a enfriar el aire campestre. Aún quedan unos pocos rastros de la luz vespertina. El olor a comida descompuesta dentro de la canasta no parece molestarle. Los cerdos se acercan al verla y esperan por los trozos de verduras que caerán del cielo. Mete la mano con ligereza en la cesta sacando pedazos de zanahorias, papas negruzcas y alguna tripa de pollo. Los zapatos, medio rotos, no la protegen del fango pegajoso que se le comienza a meter entre los dedos. A pesar de todo, los ruidos de la noche le brindan un sentido de sosiego nostálgico. Con la mano húmeda, desliza detrás de la oreja derecha unos mechones rubios que le cubren los ojos; deja en su frente un rastro de tierra mojada. Ya todos los faroles de la casa están encendidos; debe regresar. Entra por la puerta lateral y pasa directamente a la cocina. Las otras mujeres no dicen nada al verla; están ocupadas. El calor la reconforta y le hace recuperar un poco de sensibilidad en los pies. Deja la canasta en una esquina y toma un cuchillo. Comienza a cortar una cebolla que le hace brotar pequeñas lágrimas.

—Ya casi es hora —le dice una de las jóvenes encargadas de avivar el fuego de la estufa.

Suelta con delicadeza el cuchillo y se limpia las manos en el delantal amarillento. Sube las escaleras de la casona. La tercera puerta a la derecha es su destino. Dentro de la habitación se encuentra un anciano sin cabello, con los párpados rojizos e hinchados y la boca desdentada; respira ruidosamente y emana un olor a orines rancios. Ella toma un libro que hay junto a la cama y se sienta en un pequeño banco. Su voz monótona le quita entusiasmo a la acción de la historia dándole paz al viejo. Lee por un rato indefinido, aún mucho después de que se ha dormido su oyente. Es el único momento en que puede sostener un libro. Oír su propia voz le recuerda quién era hace muchos años. Cuando ya no puede extender más los minutos, cierra el libro y lo coloca en una de las mesas de la habitación, sopla una de las dos velas encendidas y sale. Al descender se encuentra con su ama.

—¿Se ha quedado dormido?

—Sí, mi señora —responde mirando al suelo.

—Bien. Dime, ¿dónde has comprado las verduras esta mañana?

—En el pueblito del valle.

—Sabes que no pueden ir a la ciudad, consigan lo que puedan en los alrededores. La plaga ha empeorado y no parece que vaya a ceder.

—Sí, mi señora —termina la pequeña conversación con una reverencia y se aleja.

Dentro de la casa de la familia De Lessep, ella es la única criada que sabe leer, por eso fue aceptada. Tiene a su cuidado, además de sus tareas regulares, el reposo del anciano de la casa, padre de su ama. Debe leerle cada noche y a la hora de la siesta. Es la única forma en la que él puede quedarse dormido.

Mientras se aleja observa sus manos arrugadas. Detiene su mirada en la tinta negra incrustada en la piel y las uñas de su dedo pulgar e índice; le recuerdan que debe escribir esa noche, luego de que todos se duerman. El señor Will necesita tener la obra terminada.

Una vez que concluye sus labores, va a la esquina de la cocina donde duerme. Debajo de su colchón se encuentra todo. Saca las hojas de papel que ha extraído del escritorio de su amo. Ella no sabe cómo no se han dado cuenta de la continua falta de papel. Separa las hojas escritas de las blancas. Toma una pluma de ganso y con un cuchillo la prepara limpiando la punta y afilándola. Con delicadeza, extrae de un hueco en la pared junto a su colchón, un tintero; la única posesión de su vida pasada. Con la media luz de una vela casi gastada comienza su escritura. Líneas gruesas de tinta marcan el tejido del papel. La palma de su mano se llena de manchas negras. No le queda mucha tinta, por lo que a veces escupe dentro del tintero para diluirla. Tiene la manía de dar trazos invisibles en el aire con su pluma antes de plasmarlos en el papel; así evita errores. A pesar del cansancio incrustado en los párpados, la espalda y las manos, las letras fluyen. Le gustaría tener el tiempo para escribir de día, cuando el sueño de la noche le ha traído nuevas ideas, como lo hacía antes cuando vestía trajes elegantes y usaba perfumes con olor a especias. Le queda poco a su obra; unas cuantas escenas y estará lista.

El sueño la vence con lentitud; queda involuntariamente sumergida en un reposo profundo. Los recuerdos se unen para traerle, como cada noche, el recuerdo de lo que era su vida. Ve la casa majestuosa, su familia, la comida siempre servida a tiempo, la elegancia. Se observa a ella misma sentada en la biblioteca, rodeada de libros, escribiendo obras para el señor Will quien las haría famosas. Finalmente el sueño culmina en pesadilla al revivir la muerte de los que amaba, el despojo de sus propiedades, la desconocida pobreza que la arropó sin aviso, la soledad. Despierta nerviosa, con la respiración agitada y el sudor recorriendo su espalda caliente. Estruja sus ojos con fuerza y se pasa las manos por la cabeza. No se queja de su destino, pero le duele. Los años se le han acumulado en la espalda y le pesan. Su rostro se ve cansado al igual que su cuerpo.

Retoma de nuevo su escritura. Mira por la ventana, que queda a la parte de arriba de su colchón, y observa que ya pronto amanecerá. Otra noche sin dormir, pero escribir es lo único que ata el pasado con el presente. Los ojos rojizos releen las escenas recién hechas; sonríe. Los gallos comienzan a cantar. Ya es hora de retomar las tareas. Esconde el escrito terminado al escuchar pasos que se acercan a la cocina. Comienza a planear su pequeño viaje a la ciudad. La caminata le tomará dos horas de ida por lo que deberá ir temprano y regresar antes de la hora de la siesta. Luego de buscar agua al río y alimentar a las gallinas, entra a la cocina, envuelve el escrito en su gastado chal y sale sin que nadie la vea.

Comienza, con un paso firme y apresurado, a caminar hacia la ciudad. Londres no es su lugar favorito. Las casas amontonadas, la eterna falta de espacio, el mal olor en todas las calles y el excremento de animales en cada esquina hacen que el paseo sea uno veloz. Se debe andar con precaución para no recibir en la cabeza el contenido de una cubeta de orines calientes tirado desde alguna ventana. Los bares siempre están repletos de hombres borrachos cantando ridículamente y llamando a las mujeres que pasan. Nunca faltan los niños cubiertos en suciedad vendiendo frutas o flores para sustentar una numerosa familia.

Los teatros habían reabierto sus puertas a pesar de la peste; ella no piensa que aquello sea buena idea. El lado positivo es que su obra será puesta en escena, aunque nunca podrá verla. Finalmente llega a su destino: un pequeño callejón entre una casa y un teatro. Luego de unos minutos aparece a quien está esperando.

—Saludos, master Will.

—¿Cómo estás? —le responde el hombre de cabello castaño y de voz firme.

—Bien.

—¿La has terminado?

—Sí.

—Te tomó más tiempo que la anterior.

—Ya no cuento con el mismo tiempo, mi vida ha cambiado… mucho.

—Lo sé. ¿Cómo te tratan los De Lessep?

—No me puedo quejar.

—¿De qué es la obra esta vez?

—Algunas hechos del pasado mezclados con algo de imaginación.

—¿Es una comedia?

—No, más bien una tragedia —dice mientras desenvuelve el manuscrito de su chal.

—De acuerdo.

—¿Cuándo la presentará? —pregunta ella dándole los papeles.

—Probablemente en tres o cuatro semanas. Ahora que los teatros abrieron, todo será más fácil.

—Cómo me gustaría poderlos ver ensayar.

—Sabes que no permiten mujeres en el escenario, nos arrestarían a todos.

—Sí, lo sé —mira hacia el suelo pensativa—. Ya debo regresar.

—Te escribiré de nuevo, muy prontamente —dice mientras se aleja.

—¡Oh!, master Will, se me había olvidado, no le he puesto título a la obra.

—¿Cómo piensas que se puede llamar?

—Creo que el mejor título sería: Romeo y Julieta.

—¿Una pareja de enamorados? —cuestiona en tono pensativo.

—Sí

—Bien, me gusta.

Ambos salen de la calle. Ella lo ve alejarse. Luego de unos minutos, toma el camino de regreso a la casa.

 

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SAILE PAGÁN CANTRES nació en Río Piedras (Puerto Rico) en 1987. Es egresada de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en Publicidad y Lenguas Modernas. Actualmente cursa una maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón. Fue finalista del Premio Ana María Matute en el año 2014 con su cuento Anónima.

 

 

 

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